El Toro de Fuego de La Fresneda

Una de las mayores atracciones de las fiestas es el “Toro de Fuego”, armazón de madera que imita la forma de un toro, transportado por algunos de los jóvenes fresnedinos, que lleva una carga pirotécnica a base de “borrachos”, surtidores y cañones de fuegos y una rueda final (el toro de fuego infantil no tiene “borrachos”).

La tradición es perseguir a los corredores por la Plaza Mayor, Calle Mayor y callejones adyacentes, dejando caer la carga de “borrachos” que corren por el suelo entre las piernas de la gente y luego salen volando, llegado en ocasiones a la altura de los aleros de las casas.

El final del espectáculo es cuando empieza a girar la rueda de fuegos artificiales, mientras el Toro da vueltas sobre sí mismo jaloneado por los gritos del público que le rodea.

Aunque muy espectacular por la carga pirotécnica que lleva, en general se trata de una actividad segura, pudiendo ocasionar quemaduras leves en el peor de los casos y generalmente por algún “borracho” que se ceba con un espectador.

Hay anécdotas para todos los gustos, como la de una mujer que se refugió en la cabina de teléfonos con la mala suerte que entró un “borracho”: según dicen, salió con todo el vestido chamuscado. Otro año, un “borracho” se quedó enganchado en los cables que unen la mesa de mezclas con el escenario, con lo que ahí se acabó la actuación del grupo contratado.

El momento en que sale el Toro de Fuego es tras el bingo, en el descanso de la orquesta; se apagan las luces del pueblo y no se sabe por qué puerta saldrá, por lo que un tenso silencio reina el momento en que se espera sus embistes, sin saber bien dónde protegerse.

Aunque bastante seguro, como hemos dicho, hay unas normas mínimas de seguridad: la primera es llevar la ropa adecuada, que proteja bien el cuerpo y sin holguras en las que pueda engancharse un “borracho”; otra es no entorpecer la carrera del toro, porque hay que tener en cuenta que quien lo lleva va casi cegado y asfixiado por el humo de la carga de pólvora; ponerse en los huecos de las puertas o contra las paredes puede hacer que los “borrachos” no tengan por donde correr y generen algún daño mayor; en contra de lo que parece lógico, el lugar más seguro es en la proximidad del Toro, ya que las chispas apenas queman y los “borrachos” tardan unos segundos desde que caen al suelo hasta que empiezan su impredecible carrera.

El portador de la pesada estructura, hace correr, saltar y bailar al Toro de Fuego que pesa varias decenas de quilos; su esfuerzo se hace patente cuando al terminar la carrera, los auxiliares le quitan la carga y sale extenuado por el cansancio, y a la vez extasiado por la experiencia.

Ignoramos la procedencia de la tradición del Toro de Fuego, pero es la simbiosis perfecta entre dos arraigadas costumbres de la fiesta popular: los toros y la pirotecnia. Posiblemente sea una derivación incruenta del “Toro embolado”, cuyo origen se remonta a la III Guerra Púnica (149 a 146 a.C.), cuando en la localidad manchega de Elche de la Sierra (Albacete), un caudillo ibérico soltó toros con fuego en las astas para provocar diversos incendios y así deshacerse de las tropas de Aníbal (general cartaginés). Hoy en día, el Toro de Fuego se ha convertido en uno de los momentos más esperados de la noche festiva y que marca la transición entre la orquesta para todos y la orquesta para los más marchosos que ya van a esperar hasta el amanecer.

De cualquier forma, los ingredientes básicos para disfrutar de un buen Toro de Fuego son las ganas de diversión y de participación.

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